Traficante de discos

Todos los discos de salsa del mundo caben en la cabeza de Wilson Bernal. Y su vida gira alrededor de conseguirlos para vendérselos a quienes atesoran los vinilos clásicos como objetos religiosos. recorre el país buscando tesoros.

Por: Andrés Felipe Solano - Fotografía: Carlos Rozo
Tomado de Revista Soho

Como todo traficante profesional, Wilson Bernal ha sobrevivido corriendo riesgos calculados. Así, por ejemplo, compró un lote de mercancía en 1999 en Jumbo, Valle. El negocio lo hizo en una oscura discoteca, entre vasos de ron, gajos de naranja y, por supuesto salsa, mucha salsa. Lo que consiguió de Juancho o Malcolm X, como se le conoce en el ambiente a este negro de gafas gigantes, era de una calidad excelsa. Le costó una buena suma pero una vez lo tuvo en las manos supo que iba a hacer muy feliz a uno de los hombres duros de Medellín. Y si él no tenía el dinero suficiente para cubrir el precio que Wilson le había puesto al cargamento, lo ofrecería en Barranquilla, donde mejor pagan la mercancía con la que trabaja: discos, vinilos o, para los entendidos, pastas.

Supe de su negocio en una cafetería en el centro de Bogotá, cerca de la calle 19, donde se formó, donde adquirió el tacto con que trata a sus clientes. En las mesas contiguas a la nuestra seguramente estaban haciendo negocios en los que también hay que correr riesgos calculados. Por fortuna en el de Wilson uno de esos riesgos jamás va a ser la cárcel o la muerte.

Sus días son igual de copados a los de un enfermo terminal. De lunes a viernes, preferiblemente en las tardes, hace una ronda entre sus compradores más fieles. Por teléfono o cara a cara les ofrece sus últimas adquisiciones, las que jamás las lleva consigo por seguridad. No puede arriesgarse a andar por ahí con una joya como los mambos de Johnny Conquet. Cuando se cierra el negocio hace la entrega oficial. A su vez va recogiendo los nuevos pedidos, para los que ya no necesita una libreta como en sus primeros años, y en su cabeza arma la hoja de ruta que cumplirá el fin de semana

--Voy a Pereira, ahí posiblemente encuentro algo de la Sonora Carruseles que ahora está pegada en Alemania y Austria, bajo a Cartago, pregunto una vez más por el disco de Al Escobar en Tuluá, que tal que esta vez sí me lo tengan, me tapo.

Maneja su negocio con la habilidad de un dealer que ha visto nacer y morir generaciones enteras de adictos pero en lugar de tratar con tubitos, papeletas o pequeñas bolsas plásticas ofrece música en formato larga duración, miniplay, 2x2, 4x4 o 78 revoluciones.

Empezó a timbrar en descascarados apartamentos en Armenia, meterse a bazares en Palmira o a calurosas casas del antiguo barrio chino en Barranquilla en busca de tal o cual pieza musical, no por culpa del objeto redondo y negro que es al que le rinde culto. El responsable fue un casete con canciones de Nelson y sus estrellas. Se lo regaló un amigo para el que la salsa era y sigue siendo religión. Gracias a él abandonó o por lo menos relegó al patio de atrás lo que era su consumo habitual por esa época (frenéticos merengues de Jossie Esteban y la patrulla 15 y las canciones de Michael Jackson) y de esta manera puso un pie en Nutabes, una central de discotecas y bares de varios pisos en la 19. En uno de ellos hizo de DJ y empezó a darse cuenta de la multitud de diferencias entre uno y otro disco de salsa vieja guardia, boogaloo, charanga, pachanga, guaguancó, changa y antillana. Mínimos detalles que hoy le dan de comer.

Me los explica con un café doble enfrente, una chaqueta de cuero negra encima, tan ancha como la de Joe Soprano, y un hablado que no corresponde a sus 29 años. Lo fue armando con pedazos de charlas escuchadas a viejos melómanos en tabernas del Restrepo, el barrio de los zapateros, para él los más refinados escuchas de salsa en Bogotá. Sitios sin dirección ya, como Manhattan donde se hacían los matinée, que no eran otra cosa que fiestas que iniciaban a las dos de la tarde de un domingo y morían a las ocho de la noche, después de brutales bailoteos. O El Tunjo de oro, propiedad de Sigifredo Farfán, un hincha del Deportes Tolima que se fue para Ibagué un fin de semana a alentar a su equipo y murió sepultado por una gradería del estadio Murillo Toro que se le vino encima.

Wilson baja la voz como corresponde a todo buen negociante cuando va a revelar las cartas marcadas con las que juega.

--Tomemos este caso: Tito Puente grabó sus primeras cosas con un sello llamado Pico Negro por allá en el 53. Si alguien me llega a ofrecer un LP de esos sin ningún rayón, sin algo de humedad en las puntas de la carátula, pues hermano, a mí me toca decirle que se devuelva por donde vino.

Eso no es posible. Es un disco falso por más de que lo hayan cuidado. Y en eso se basa mi trabajo, en la originalidad.

Para establecerla su cerebro ha tenido que abrir una multitud de ficheros. Cada uno guarda el nombre del artista, procedencia, estilo, años de apogeo, años de decadencia, amigos, enemigos, esposas, amantes, hijos legítimos, bastardos y así hasta llegar a la composición calórica de su última comida en caso de que el músico esté muerto. Si vive todavía se contenta con saber cuántos baños tiene su casa. Wilson adiestró su memoria a punta de agacharse a ver discos entre el humo y el polvo en el centro antes de pasar por la Universidad Los Libertadores, donde hizo unos semestres de Publicidad y Mercadeo. Luego, cuando el pálpito de lo que sería su vida de traficante de vinilos lo acosaba la paseó por las antiguas casetas azules de la calle décima y más tarde le dio lustre entre los locales de música del centro comercial Omni y sus alrededores.

--Solo con una buena memoria usted se puede entender con los pesados, gente como Jacobo Vargas en Barranquilla, Isidoro en Cali, los del club de la Sonora Matencera en Medellín o el Indio en Palmira. Coleccionistas que bajito, bajito, malo, malo, tienen cinco mil discos.

Le pregunto por su colección y con honestidad dice que no es muy grande. Con el tiempo aprendió a no apegarse mucho a los discos. Ha visto gente sufrir lo indecible cuando tiene que venderlos, por ejemplo Pedro Puente, un señor que regentaba el almacén Melodía en Chapinero y que de un día para otro tuvo que salir de toda su música. Llamó toda una semana al comprador llorando por su colección, le pedía, como si hubiera entregado a su única hija virgen en matrimonio, que se la cuidara.

Un caso especial es el de Humberto Corredor. Wilson estima que tiene una de las colecciones más completas de Nueva York. Abre los ojos y baja de revolución como un disco de 45 puesto en 33. Es para hacerme entender que habla de las ligas mayores. No en vano una gran cantidad de vinilos con los que trabaja son de sellos identificados con la zona postal 10019, NY.

Corredor vivía en Cali y publicó muchos artistas bajo su propio sello. Con él hizo algo de dinero y partió para Estados Unidos donde conoció a Sergio Bofill, un pianista cubano que se convirtió en su socio y cofundador de Caimán Records, casa por la que han pasado Jimmy Sabater, Alfredo 'Chocolate' Armenteros y Ray Barreto.

--Son de los de andar en yate y con los artistas-- suelta Wilson mientras mira a los lados cauteloso.

La historia de Corredor es importante porque fue él quien difundió la leyenda del disco de los diez mil dólares. Una historia que entre los salsómanos equivale a la del manto de Turín. Fue en unas vacaciones en el Valle. Dentro de los discos que Corredor le hizo poner a la mujer encargada de la música durante una fiesta estaba uno de Ray Barreto llamado Pachanga. Aparte de ser rojo tenía una particularidad aún más relevante. Los surcos no habían sido labrados en el sentido de las manecillas del reloj, lo que significaba que para escuchar la primera canción de un lado había que poner la aguja al principio de la segunda. Por ese pedazo de vinilo a Corredor le habrían ofrecido hace unos años lo que hoy equivale a 28 millones de pesos. Wilson dice haber tenido una copia alguna vez y lo afirma sin que se le quiebre la voz. Para él Corredor no hizo más que regar un cuento para ensalzar las historias que ruedan en Cali sobre él. ¿Cuánto puede llegar a costar un disco raro entonces? Wilson asume la mezcla de catedrático y especulador de bolsa con la que me ha instruido en su arte.

--Depende de las leyes del mercado, de la clase de comprador, de la moneda que maneje y de lo que busque. Por ejemplo a Colombia, Venezuela y Perú viene mucho holandés y japonés. Esa gente trae billete real, entonces no le duele pagar, diga usted, 500 dólares por una pasta de Boogaloo, un ritmo que se les facilita a ellos para el baile por lo cadencioso. Yo hace poco volví a tener un disco de Ralph Font.

Mmi cultura salsera es limitada. Cuando quiero hacer de pavo real frente a alguien con este tema acudo a las únicas medallas en mi pecho: sé que al cantante Ángel Canales le dicen 'La rodilla' por lo calvo y que es joyero de profesión. El otro es que compartí un trago en una fiesta con el campeón nacional de salsa de 1973, un hombre diminuto casado con la hermana de la 'Negra grande' al que le decían salsita. Por eso el golpe con que me pensaba noquear Wilson se lo traga el aire. Font no me dice nada. -Lo compré en cien mil pesos y lo vendí hace cuatro años en ochenta mil. Ahora lo puedo colocar en quinientos mil, pero esa plata solo la da el que conoce. También están las sesiones legendarias de Arsenio Rodríguez.

Así continúa como si se tratara de unos tragos más en Tabogo, una discoteca en la que se reúnen hombres para los que la música es eso, una religión. Son los que se suelen ver en una esquina, manoteando, enfebrecidos, con los ojos rojos, discutiendo temas que no tienen fin cercano, rodeados de mujeres que ruegan por una pieza de baile mientras ellos tratan de aclararar que de qué materia están hechos los boleros o de dónde proviene el desgarro del montuno gordo.Para esos hombres trafica Wilson.