| Bossa, timba y vodka, ¿cóctel
imposible?
Con
los años me parece haber entendido por qué, dentro de la
enorme riqueza musical brasileña, la bossa nova ha sido afín
a los músicos cubanos. Tiene que ver seguramente con el hecho de
que las tres vertientes sonoras de mayor arraigo y pujanza en la Isla
--las especies soneras, rumberas y trovadorescas-- se articularon, mediante
intercambios y viajes de ida y vuelta con el jazz, lo mismo que sucedió
con la bossa nova.
Pedro de la Hoz
La Jiribilla
Cualquiera que haya escuchado informaciones sobre la grabación
y presentación del disco RioHavana, del sello Elephant
Records (octubre, 2004), tiene razones para dudar de los resultados. ¿Qué
hace un productor ruso en las aguas de las músicas de Cuba y Brasil?
Si aprehender el curso de los múltiples meandros de una sola de
estas músicas es, de por sí, alta exigencia, ¿cómo
diablos se las ha arreglado un compositor moscovita para enlazar la bossa
nova con la rumba, la timba con la pagode?
Despejemos a priori un posible equívoco. Las interrogantes
planteadas no nacen de ese atrincheramiento en que solemos enterrarnos
muchos de los que tenemos que ver con la música en la Isla, y que
se hace extensivo --por mi experiencia lo sé-- a los colegas brasileños:
creernos dueños absolutos del patrimonio sonoro de nuestros pueblos
y declarar ese territorio inaccesible para otros que no seamos nosotros
mismos.
En este caso se trata de encontrar respuestas para lo que
a primera vista parece una triangulación insólita. La primera
de estas respuestas se halla en la personalidad del productor, Vartán
Tonoián, un ruso de mentalidad cosmopolita, sólidamente
informado acerca de las tendencias musicales del hemisferio occidental
y arriesgado empresario discográfico. Cuando se hizo pedazos la
Unión Soviética, el entonces muy joven periodista, cuyo
abuelo había sido un enamorado del jazz, se instaló en EU
por un tiempo, y en Denver, Colorado, fundó un club y una casa
discográfica. Allá fue a parar uno de los mejores pianistas
de jazz de los antiguos países socialistas europeos, Milcho
Leviev, por cierto, un gran amante de la bossa nova. Tonoián
llegó a grabar discos que hoy día son objetos de culto por
su singularidad, como When I'm 64, en el que reunió a
Milcho con el excelente flautista Herbie Mann.
Con esos antecedentes, Tonoián viajó a Cuba
en diciembre de 2002 al Festival Jazz Plaza. En la capital cubana quedó
prendado con la cálida manera de armonizar voces del cuarteto femenino
Sexto Sentido, cuatro mulatas que recuerdan a Las
D'Aida. Con ellas hizo la primera aproximación a las fusiones
que comentamos. El disco Bossa cubana, del nuevo sello disquero
de Tonoián, Elephant Records, sorprendió a los amantes del
jazz en el mercado paneslavo a fines del 2003. Un elemento a favor de
la vitalidad brasileña de ese modo de encarar la contemporaneidad
musical cubana lo aportó Joao Donato, un veterano
y leal bossanovista que desde algún tiempo viene siendo representado
por el promotor ruso.
Pero Tonoián quería más; soñaba
con enlazar a su manera dos imágenes recurrentes en sus gustos
musicales: Río de Janeiro y La Habana. Entonces conoció
a un joven compositor ruso, Oleg Tumanov, que se ahogaba
en el intento de descontar el déficit de música pop acumulado
por años de realismo socialista. Las carencias se pagan pero también
resultan convenientes. En su avidez por ponerse "occidentalmente"
al día, Tumanov comenzó a manejar ideas
que desbordaban los patrones usuales del pop comercial y se interesó
por las formas sonoras cubanas y brasileñas.
Del material original de Tumanov, todavía
evidente en el disco que abordamos, podría decirse lo mismo que
de un pintor primitivo que juega al surrealismo. O aquello que escribió
el gran César Vallejo: "Quiero escribir pero me sale espuma".
Tonoián, sin embargo, sabía cuál era el puerto de
llegada: los temas de Tumanov, valiosa materia prima,
debían transformarse mediante la manufactura de músicos
cubanos y brasileños quienes, a su vez, irían al encuentro
recíproco.
A estas alturas es oportuno dejar atrás una simplificación
publicitaria. RioHavana está lejos de inaugurar las
confluencias entre las músicas cubanas y brasileñas. Al
presentar el disco, el reconocido promotor y director del grupo Moncada,
Jorge Gómez Barranco, recordaba al Grupo de Experimentación
Sonora del Icaic en el memorable concierto Cuba-Brasil, a la
reunión de Iván Lins con Irakere
y al fonograma que conquistó el Gran Premio Cubadisco en el 2003,
From Havana to Rio, de Hernán López-Nussa.
Permito recordar, por mi parte, experiencias brasileñas
que van desde las incursiones ocasionales en la bolerística por
parte de Caetano Veloso a la persistente y sistemática
labor de la banda paulista Heartbreakers con el jazz
afrocubano, sin que olvide cómo a finales de los 90, obviamente
mucho antes del encuentro actual entre Bebo Valdés
y Carlinhos Brown, asistí a una sesión
de grabación en París en la que este último experimentaba
con tocadores de rumba.
Por otra parte, la bossa nova entró en el repertorio
de los músicos cubanos que trabajaban en centros nocturnos y de
recreación en los años 60 como algo natural. Quizá
el caso más emblemático haya sido el de Felipe Dulzaides,
pero recuerdo en Varadero al villaclareño Gustavo Rodríguez
mientras alternaba, en su prodigioso modo de ejecutar la guitarra, piezas
suyas, inscritas en lo mejor del filin, y de Baden Powell
y Tom Jobim; y a Bobby Jiménez
descargando boleros, rhythm and blues y bossa novas en La Habana nocturna
y bohemia.
Con los años me parece haber entendido por qué,
dentro de la enorme riqueza musical brasileña, la bossa nova ha
sido afín a los músicos cubanos. Tiene que ver seguramente
con el hecho de que las tres vertientes sonoras de mayor arraigo y pujanza
en la Isla --las especies soneras, rumberas y trovadorescas-- se articularon,
mediante intercambios y viajes de ida y vuelta con el jazz, lo mismo que
sucedió con la bossa nova.
De modo que no es casual la selección de músicos
cubanos y brasileños fichados por Tonoián para su aventura.
Chucho Valdés no necesita presentación:
ha sido el mayor hombre puente entre el jazz y la música cubana
de la segunda mitad del siglo XX y de los comienzos del XXI. El percusionista
Yaroldi Abreu pertenece a la escuela de Chucho.
Sexto Sentido responde a las necesidades armónicas
comunes. La excepción es Armando Cantero, vocalista
de la orquesta Pupy y Los que Son Son y antiguo integrante
de Bamboleo y la Charanga Forever, utilizado
aquí cuando fue menester colocar una voz timbera.
La nómina brasileña de primera línea
resalta por su lustre. Joao Donato vuelve a afirmar sus
credenciales de bossista esencial. Junto a él, un nombre mítico,
Wanda Sa, quien comenzó a hacer historia desde
que en 1962 se unió a la academia de guitarra de Carlos
Lyra en Copacabana, y grabó "Inútil paisagem",
de Tom Jobim y Aloysio de Oliveira).
Tocó el cielo al unirse a Brasil 65, grupo de
Sérgio Mendes que tenía a Jorge
Ben y Rosinha de Valença para presentarse
en el circuito universitario de los EU, conocer a Dave Cavanaugh, productor
de Nat King Cole y Frank Sinatra y grabar
tres exitosos discos en ese país, dos con Brasil 65
y uno como protagonista, Softly. De nuevo en Brasil causó
delirio en los conciertos que compartió con Baden Powell,
Vinícius de Moraes, Mièle
y Luis Carlos Vinhas y Bossa 3.
En el disco aparece también Emilio Santiago,
recordado por su premio en el Festival de TV Globo de 1985 por su interpretación
del homenaje a Elis Regina compuesto por Natolo
y Simoes, y sobre todo, por su notable contribución
a la conservación y difusión del cancionero popular de su
país mediante la serie discográfica Aquarelas brasileiras.
Notable, asimismo, es la inclusión de Lenny Andrade,
que domina el rubateo con exquisita sensibilidad.
El espíritu de RioHavana, como se
comprenderá, es eminentemente jazzístico. La improvisación
de los elementos instrumentales y vocales confiere la validez de una jam
session. Más que los temas de Tumanov, lo que
distingue al disco es el ambiente festivo de la descarga, presente aún
en aquellos pasajes de patrones fijos.
No puede augurarse que sucederá con un disco que
por prejuicios culturales y artificiales barreras comerciales sale al
mercado occidental bajo sospecha y al eslavo como estridente y absoluta
novedad. No todo lo que contiene brilla, aunque esté bien resuelto.
Por lo pronto deja la semilla de una posibilidad y la certeza de que encuentros
de tal naturaleza son necesarios en el mundo de hoy. |