Discurso de Ricardo Alarcón Quesada, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, en la inauguración de la estatua de John Lennon, parque de 15 y 6, Vedado, La Habana, 8 de diciembre del 2000.

Fidel Castro Ruz y el cantautor Silvio Rodríguez quitaron el velo de la estatua, una obra del escultor cubano José Villa.

Querido John:
Entre nosotros estuviste siempre


Compañeras y compañeros:

Ante la excelente obra de José Villa vuelvo a escuchar lo que alguien dijo hace hoy veinte años: "De este hombre se puede creer cualquier cosa menos que esté muerto".

No nos reúne la nostalgia. No inauguramos un monumento al pasado ni un sitio para recordar algo que desapareció.

Será éste lugar, para siempre, un testimonio de lucha, una convocatoria al humanismo. Será también homenaje permanente a una generación que quiso transformar el mundo y al espíritu rebelde, innovador, del artista que ayudó a forjarla y al mismo tiempo es uno de sus símbolos más auténticos.

Los años sesenta fueron mucho más que un plazo del siglo que termina. Ante todo era una actitud ante la vida, que conmovió desde lo más hondo a la cultura, la sociedad y la política y cruzó todas las fronteras. Su impulso renovador se alzó, victorioso, colmando aquella década, pero había nacido antes y no se detendría hasta hoy.

A esos años volvemos la mirada con la ternura del primer amor, con la lealtad que guarda todo combatiente para su más temprana y distante batalla. Los denigran todavía, con terco antagonismo, quienes saben que para matar la historia primero deben arrancarle su momento más luminoso y esperanzador.

Se está, se ha estado siempre, a favor o en contra de "los sesenta".

Caían, entonces, viejos imperios coloniales, surgían pueblos antes ignorados y su arte, su literatura, sus ideas empezaron a penetrar en las naciones opulentas. Nacía el Tercer Mundo y la solidaridad tricontinental y algunos descubrían que allá, en el norte rico, existía otro Tercer Mundo que también despertaba.

En Estados Unidos, un siglo después de la guerra civil, los negros peleaban por el derecho a ser tratados como personas y con ellos marchaban muchos estudiantes blancos. En Europa los jóvenes repudiaban la violencia imperial y se identificaban con los condenados de la tierra. Nadie hablaba todavía de globalización pero, para todos, la Tierra se achicaba, el mundo entero se hacía más cercano.

Entonces, finalmente liberada, apareció Cuba, descubierta verdaderamente en 1959 como parte inseparable, de todo empeño por la libertad, la vida y la verdad.

Parecía inmediata la victoria. Por lograrla se bregó sin descanso. En montes y ciudades, con piedras y con puños, con armas arrebatadas a los opresores y también con arengas, poemas y canciones. Se intentó asaltar el cielo, conquistar, en un solo acto, toda la justicia, para el negro y para la mujer, para el obrero y el pobre, para el enfermo, el ignorante, y el marginado. Se creía llegar a un horizonte de paz entre las naciones y de igualdad entre los hombres.

Fue sobre todo la rebelión de la juventud. Ante su empuje cayeron dogmas y fetiches, se quebraron los moldes del fariseísmo y la banalidad, se replegó la torpe mediocridad de una sociedad injusta y embustera que reduce el hombre a mercancía y todo lo convierte en oro falso.

Años después, y afirmando la continuidad del movimiento, Lennon lo describió con estas palabras: "Los sesenta vieron una revolución entre la juventud... una revolución completa en el modo de pensar. La juventud lo asumió primero y la siguiente generación después. Los Beatles fueron parte de la revolución. Estábamos todos en este barco en los sesenta. Nuestra generación —un barco que iba a descubrir el Nuevo Mundo. Y los Beatles éramos los vigías de ese barco. Eramos parte de él".

Agitada fue la travesía desde el memorable concierto de 1963 cuando Lennon pidió, a quienes ocupaban las butacas más caras, que en lugar de aplaudir se limitaran a agitar sus joyas, hasta que seis noviembres después devolvió la Orden del Imperio Británico en protesta por la agresión a Viet Nam y la intervención colonialista en Africa. El rechazo a presentarse ante un público exclusivamente blanco, en la Florida, en 1966; la negativa a actuar en la Sudáfrica del apartheid; la denuncia al racismo en los Estados Unidos al llegar allá para participar en conciertos que habrían de ser boicoteados por el Ku Klux Klan; los llamados a la paz en el Medio Oriente; el respaldo a los jóvenes que desertaban del ejército agresor yanki y el constante apoyo a la resistencia vietnamita y a la lucha del pueblo irlandés; la búsqueda incesante de nuevas formas expresivas, sin abandonar nunca las raíces y el lenguaje auténticamente populares; el repudio al sistema burgués, sus códigos y mecanismos mercantilizadores; la creación de una corporación para combatirlos y defender la libertad artística, entidad a la que atribuyeron, incluso, una cierta inspiración comunista.

El aporte personal de John Lennon se destacó singularmente y perduró más allá de la disolución del grupo. Sus canciones conforman el más completo inventario de la porfía colectiva de los jóvenes por la paz, la revolución, el poder popular, la emancipación de la clase obrera y de la mujer, los derechos de los indígenas y la igualdad racial así como la liberación de Angela Davis y John Sinclair y otros presos políticos, la denuncia de la masacre de Attica y la situación de las prisiones norteamericanas, en una lista interminable. Más allá de la música, en entrevistas y declaraciones públicas, expresó abiertamente su identificación con el ideal socialista.

Lennon fue objeto de la más intensa y obstinada persecución por las autoridades yankis. El FBI, la CIA y el Servicio de Inmigración, instigados directamente por Richard Nixon, el más tramposo de los inquilinos que ha tenido la Casa Blanca, lo espiaron y hostigaron y se afanaron por expulsarlo de Estados Unidos. Pese a lo que dicen sus leyes y a las innumerables gestiones llevadas a cabo durante un cuarto de siglo, esas agencias mantienen en secreto todavía las pruebas del tenaz acoso que desataron contra él. Lo poco que han revelado muestra que en un solo año, entre 1971 y 1972, los informes secretos de sus espías acumularon 300 páginas y un expediente que pesa 26 libras. Sin más armas que su talento y la solidaridad de muchos norteamericanos, se vio obligado a enfrentar por varios años al Imperio poderoso dirigido por la camarilla más sórdida y arrogante. Ese capítulo quedará en la historia como ejemplo de la fuerza de la moral y las ideas y de él brota Lennon como paradigma del intelectual enteramente libre y creador, cabalmente comprometido con su tiempo.

Querido John

No eran pocos los que decían, hace veinte años, que aquel 8 de diciembre terminaba una era. Muchos lo temían entre los millones que te ofrendaron diez minutos de silencio y en la multitud que el día 14 se congregó en el Parque Central de Nueva York para expresar un dolor que el tiempo no aplacaba.

Fue Yoko, quien advirtió entonces: "el mensaje no debe terminar". Y el pequeño Sean, supo expresar la verdad mayor: Te imaginaba más grande, después de muerto, "porque ahora estás en todas partes".

Entre nosotros estuviste siempre. Ahora, además, te ofrecemos este banco donde podrás descansar y este parque para que recibas a tus compañeros y amigos.

Tu mensaje no podía desaparecer porque el amor tenía, aun tiene, muchas batallas que librar. Porque tuviste el privilegio de escucharlo en millones de voces que lo hicieron suyo y seguirán levantándolo como un himno.

¿No era un submarino amarillo lo que arribó aquella tarde del 66 al puerto de Nueva York y marchó al frente de miles de jóvenes que condenaban la guerra? ¿Cuántos centenares de miles exigieron que se le diera una oportunidad a la paz, y fueron solidarios con el pueblo vietnamita, allá en Washington, frente al monumento, el inolvidable 15 de noviembre del 69? ¿No alcanzó ese día tu arte su realización más plena? ¿Cuántas veces no lo multiplicó de Berkeley a Nueva Inglaterra y de un Continente a otro la generación que creyó que el amor se impondría sobre la guerra? Estoy seguro que recuerdas, John, a los mártires de la Universidad de Kent que quisieron seguirte para ser también héroes de la clase obrera. Se sabe que eran versos tuyos su único escudo frente a las balas de Nixon.

Eran más, muchos más, los que se reunieron para celebrar el vigésimo aniversario de Imagine, en 1991, cuando otros decían que ya la historia había terminado. Algunos creen que te asomaste a una ventana del Dakota. Todos, tu también, éramos felices. Vimos, asombrados, los rostros de viejos camaradas confundidos entre incontables jóvenes que no habían nacido cuando ustedes allá, en Liverpool, entonaban baladas de amor con verbo proletario y nosotros acá desafiábamos al monstruo.

Nuestro barco seguirá navegando. Nada lo detendrá. Lo impulsa "un viento que nunca muere". Nos dirán soñadores pero nuestras filas crecerán. Defenderemos el sueño conquistado y lucharemos para hacer realidad todos los sueños. No lo van a impedir tormentas ni piratas. Navegaremos hasta alcanzar el mundo nuevo que sabremos construir.

Volveremos a encontrarnos, esta noche, en el concierto. Seguiremos juntos, siempre.