Gilberto Gil, ministro: Perfiles y cualificaciones

Guilherme de Alencar Pinto
Brecha. Uruguay, febrero del 2003

Cuando el cantante fue indicado para el ministerio, O Estado de São Paulo publicó una encuesta entre intelectuales, que reveló opiniones divididas. Se nota allí una tendencia al apoyo franco de parte de la gente de danza y teatro y de colegas músicos, y muchas dudas o directamente oposición de parte de escritores y cineastas. Cuando estuve recientemente en Brasil y charlé al respecto con mis conocidos --sobre todo músicos eruditos y filósofos--, encontré la unanimidad de una actitud sobradora, donde la indignación se atenuaba sólo por el desaliento de quien se conformó con vivir una comedia, con expresiones como "¡Qué vergüenza!". Mi posición personal de entusiasmo con Gil estuvo, en mi experiencia directa, aislada.

El escritor Deonísio da Silva comentó en O Estado: "Nada contra el cantante y compositor, pero no es el mejor nombre para las circunstancias. Brasil oye mucho y lee poco, así como va poco al teatro y al cine. Esa elección me dejó desconcertado y perplejo. ¿Qué idea de la cultura tiene el nuevo gobierno? Esperaba y todavía espero un profesional de otro perfil, con otras cualificaciones. Antes de aceptar, [Gil] ¿qué fue a verificar? ¿El interés público de un cargo público? ¡No! Sus intereses particulares. Dijo que iba a examinar si era posible completar los 8 mil reales mensuales con shows musicales quincenales. Es indecente, ilegítimo considerar poco un sueldo de 8 mil reales cuando los tetrarcas de la economía están vacilando alrededor de 200 reales para el sueldo mínimo".

Lo de que "Brasil oye mucho y lee poco" parece presuponer que Gil sólo va a atender el área de la canción popular (se podría hacer un comentario igual de bobo sobre cualquier nombre indicado). Y cuando castiga a Gil por la cuestión del sueldo, en verdad se opone a que haya hablado públicamente de ello. Otros hombres ricos convocados para cargos ministeriales suelen tomar actitudes distintas: declinan la invitación, negocian secretamente o aceptan con la disposición callada de beneficiarse de actos de corrupción. El presupuesto personal de Gil incluye, aparte del buen nivel de vida para él, sus siete hijos y su esposa, los de una infraestructura relativamente compleja (productora y editorial), que él no tendría condiciones de subsidiar con el sueldo de ministro y que, si la desarmara, dificultaría mucho una futura retomada regular de su carrera de músico. Aparte de lo cual la jugada que va a permitir que Gil no interrumpa su actuación como músico puede ser vista como su primera maniobra hábil en pro de la cultura brasileña desde la posición de futuro ministro.

Jugando al serio

"Ce n'est pas un pays sérieux", dijo De Gaulle a propósito de Brasil. La frase es generalmente acatada por la inteliguentsia brasileña con dos sentidos contradictorios. El primero envuelve lo "serio" como actitud exterior, falta de sentido del humor, incomprensión de algunos valores y maneras del brasileño. En este primer sentido el brasileño se opone a la torpe imagen del gringo que llega a la playa de championes y medias y se va rojo como un camarón, confunde samba con rumba, se babea y se deja extorsionar por una mulata curvilínea, no tiene carnaval y, en fin, "no sabe vivir". La misma persona suele estar de acuerdo con De Gaulle manejando el otro sentido, más básico, de "serio": Brasil es un país de gente perezosa, superficial, ineficaz, y sería deseable una mayor "seriedad" en el sentido de "espíritu protestante", exorcizar la maldita herencia lusitana, actitud empresarial, asumir la "modernidad" (entiéndase la cartilla neoliberal). Mucho de la cultura brasileña no se comprende sin la convivencia --casi siempre sin conciencia de la contradicción-- de esas dos visiones. Uno puede enorgullecerse de los valores de la música popular brasileña y de su impacto en la cultura mundial; pero el término "genio" sólo cabe para el erudito Villa-Lobos. Gláuber Rocha es el gran orgullo del cine nacional, pero es hora de que los cineastas brasileños aprendan a "contar historias" --es decir, hacer películas a lo yanqui--. Cierta vez, Caetano y Gil boicotearon ciertas prerrogativas de la "elegancia" institucional compareciendo a una fiesta donde se exigía "gala" con los debidos saco y corbata, pero de pollera. Esta actitud fue mirada como ridícula por personas que están prontas a criticar la cultura de la corbata. Desde el propio agnosticismo uno puede contemplar, con la distancia del antropólogo, las bellezas de la cosmovisión del indígena o del africano; pero a la hora de ver un líder ocupando una posición de poder sólo se va a tolerar a un católico o a un luterano, pero jamás a un "macumbero". Se equipara eurocentrismo con verbocentrismo, pero resulta que Brasil necesita leer más y oír menos. Gilberto Gil puede haber hecho una de las colaboraciones más valiosas a la cultura brasileña reciente, pero a la hora de nombrar un ministro de Cultura se prefiere alguien "sérieux".

Quizá Gil está siendo mirado a través del filtro de los clisés que marcan las figuras del negro, del bahiano y del cantante popular: alguien de baja escolaridad, perezoso, volado, superficial, extravagante. Sin embargo, nació (en 1942) en una familia de clase media (su padre era médico), tuvo una excelente educación, se formó en administración de empresas, siendo inmediatamente seleccionado para un entrenamiento de un año en una importante trasnacional (Gessy-Lever, en 1965) con el objetivo de prepararlo para un cargo directivo, al que renunció para dedicarse plenamente a la música. Sus conocimientos y aptitudes como administrador se reflejan en el manejo exitoso de su carrera y de sus propias empresas. Su experiencia en política incluye la presidencia de la Fundação Gregório de Mattos, de Salvador --una especie de secretaría de cultura del municipio--, un mandato como edil en la misma ciudad (1989-92; fue el candidato más votado en esas elecciones), la presidencia de una ONG ambientalista (Fundação Onda Azul, desde 1990), la filiación al Partido Verde (1990) y asesorías varias en Salvador o en el gobierno nacional de Cardoso, en los campos de la cultura y del ambiente. Muchas veces puso su prestigio como músico y las recaudaciones de espectáculos al servicio de buenas causas diversas.

La gran traición

La animosidad entre Gil y buena parte de la intelectualidad brasileña envuelve una vieja riña. Gil surgió para el gran público (1965-66) en el ámbito de la "canción protesta", caracterizada por artistas y público predominantemente universitarios, condicionado mayormente por el Centro Popular de Cultura, órgano estudiantil. Con enorme talento, Gil se plegaba entonces a todo lo que se esperaba de él: una visión polarizada de la sociedad que equiparaba las oposiciones pobre/rico, "puro"/deshonesto, nacional/extranjerizante, etcétera. Se hablaba del "día que vendrá" y se advertía: "Señor, tenga cuidado/ Con su explotación/ Si no, le doy de regalo/ Su cueva en el suelo" ("Roda", de João Augusto y Gil, 1964, primer gran éxito del compositor en la grabación de Elis Regina de 1965). Ese esquema era confortable en el circuito cerrado entre cantores y público: el hombre del pueblo es ingenuo, no se conforma y quiere una salida pero no entiende bien qué pasa ni cómo hacer; está pronto para la catequesis política, en cuyo proceso los universitarios cumplen una función esencial y resplandeciente. Gil llegó a participar en una marcha contra la guitarra eléctrica (el Frente Amplio de la MPB contra el Ieieié, 1966), conducida por gente de izquierda pero con un espíritu que la propia Nara Leão tildó entonces de fascista.

Tuvo aires de traición la actitud de Gil cuando, sólo un año después de aquella marcha (1967), lideró junto a Caetano Veloso el movimiento tropicalista, incorporando guitarras eléctricas y actitudes roqueras. No se trataba simplemente de un "cambio de bando", que hubiera sido menos problemático. Se trataba de algo más doloroso, más imperdonable: crear una nueva modalidad de actuación musical/política que tendía a tornar obsoleto el estilo anterior, proponiendo una visión más abarcadora. Se proponía y lo logró: quienes no se reposicionaron, terminaron cayendo en el olvido. El reduccionismo de la "canción protesta" incluía prejuicios y arbitrariedades diversas: se consideraba nacionalista y folclorístico teñir los ritmos brasileños con armonías de jazz y adornarlos con violines, pianos, contrabajos y saxos de los arreglos "elegantes" de entonces, mientras se consideraba pueriles e imperialistas a las guitarras eléctricas; aunque se aplaudía que Bethânia se presentara con los pies en el piso a la manera de los campesinos a los que adhería, se aceptaba tranquilamente como norma que un músico tocara de traje y una cantante con un peinado tipo "torta de novia"; en cambio se miraba mal a los pelos largos y los atuendos "jipis".

Esos prejuicios eran simultáneamente adultistas y de clase, y fueron subvertidos por los tropicalistas, con su visión compleja y enmarañada de Brasil. (Según Antônio Risério los tropicalistas cambiaron la universidad por el universo). En "Luzia Luluza" (Gil, 1967) los personajes son una boletera de cine y su novio, y el cotidiano retratado es el de los embotellamientos de San Pablo, el de los programas de radio chismosos, el de las ilusiones con pocas esperanzas, pero ya no desde la posición de hambre, sino la del aburrimiento ante un trabajo alienado. Entraban en escena la clase media urbana, la cultura de masas, las telecomunicaciones, la cursilería, la empleada doméstica, la droga, la contracultura. El Che Guevara fue debidamente homenajeado en "Soy loco por ti, América" (Capinan y Gil, octubre de 1967), pero en un estilo irreverente, ambiguo, abierto, desmilitarizado. La imposibilidad de un cambio profundo con base en una revolución de tipo guevarista en Brasil era puesta en evidencia presentando al país como nudo sociocultural, que Caetano y Gil sintetizaban en "Batmacumba", de 1968: "Batmacumbaieiê batmacumbaobá", verso trilingüe (portugués, inglés y yoruba) que amalgama bat (murciélago), bate (golpea), Batman, macumba, iê y obá (saludos de candomblé), yeah, el rock (ieieié), el baobab y la interjección o saludo "oba", comunicando más por "montaje" (ver Eisenstein) que por articulación discursiva.

El resto de la carrera de Gil fue una sucesión de rupturas. El tropicalismo fue prontamente asimilado, pero ya en 1969 Gil armaba un escándalo presentándose en el escenario como un poseído, gritando frases y ruidos inconexos sobre un fondo de guitarras distorsionadas ("Questão de ordem" se titulaba irónicamente la canción). Cuando esa etapa radical fue digerida como vanguardia y el "rock" empezaba a ser aceptado como "arte", como antes lo había sido el jazz, Gil se casó con el funk (género de negros, continuador de la escuela Motown, "terraja", "comercial"). Cuando se tornó posible pensar en todo eso como "reivindicación racial", derivó francamente hacia la música disco, al mismo tiempo que reivindicó su "costado femenino" con un enfoque bisexual y una defensa indeclinable del derecho al placer. Parecía siempre huir de las formas consagradas de prestigio, enchastrándose con el consumo, lo comercial, lo industrial, lo masivo, lo no-exclusivo, lo "bajo". Sólo que siempre lograba distinguirse de lo meramente comercial y proponía --en la inteligencia de las letras, en el refinamiento de la música, en la superposición de géneros, en la riqueza de la yuxtaposición de significaciones, en la familiaridad que demostraba con las expresiones "serias", en la oportunidad de cada vuelco, en la fundamentación extramusical que brindaba en las entrevistas-- una visión que nunca dejó de ser "antropofágica" (deglutir al pretendido dominador para asimilar sus fuerzas, por oposición a la evitación xenófoba). Y cuando ese costado estaba establecido, volvió a hacer músicas como las de antes, con textos herméticos (en Quanta, 1995), siendo ahora tildado de "elitista".

La elección de Lula es, por lo tanto, extremadamente pícara: contempla con un ministerio el ala ecologista, pone en el Gobierno un ícono cultural reconocido internacionalmente, le encaja una patadita a la clase intelectual, y representa un equilibrio malabarístico entre "alta" y "baja" cultura, ancestralidad y riesgo. Do-in. La revista Veja comentó así el discurso de asunción del ministro Gilberto Gil: "En una ceremonia relajada, la estrella de la música popular brasileña leyó 10 páginas de un discurso bahiano-tropicalista-filosófico-onírico-imagético. Gil dijo, por ejemplo, que le gusta la idea de intervención estatal en favor de la cultura (entiéndase que, para el lector normal de esa revista, "intervención estatal" es una intención que bordea el delirio). ¿Para qué? Para hacer 'una especie de do-in antropológico, masajeando puntos vitales, pero momentáneamente despreciados o dormidos del cuerpo cultural del país'. Fue una fiesta rellenada de expresiones como 'erizar planetariamente', 'transculturativas' y 'semiodiversidad'. Nadie entendió nada".

Es evidente en el comentario el intento de ridiculizar a Gil (en la más inocente de las interpretaciones, el empeño del periodista en no decepcionar a los lectores que esperan del payaso del gobierno que haga alguna macacada graciosa, y buscarla como sea en el discurso). No es sorprendente que en el ámbito oscurantista de Veja "nadie" lo haya entendido, aunque éste fue, en realidad, cristalino y clásicamente discursivo (aunque plagado de ingeniosas metáforas y neologismos). Pocas veces un ministro de Cultura de cualquier país o época habrá asumido demostrando una visión tan sólida de la cultura y de la misión ministerial: "Y lo que entiendo por cultura va mucho más allá del ámbito restricto y restrictivo de las concepciones académicas, o de los ritos y de la liturgia de una supuesta 'clase artística e intelectual'. Cultura, como alguien ya dijo, no es sólo 'una especie de ignorancia que distingue a los estudiosos'. Tampoco lo que se produce en el ámbito de las formas canonizadas por los códigos occidentales, con sus jerarquías sospechosas. Del mismo modo, nadie aquí me oirá pronunciar la palabra 'folclor'. Los vínculos entre el concepto erudito de 'folclor' y la discriminación cultural son más que estrechos. Son íntimos. 'Folclor' es todo aquello que --al no encuadrarse, por su antigüedad, en el panorama de la cultura de masas-- es producido por gente inculta, por 'primitivos contemporáneos', como una especie de enclave simbólico, históricamente retrasado, en el mundo actual. (...) No existe 'folclor', existe cultura.

Cultura como todo aquello que, en el uso de cualquier cosa, se manifiesta más allá del mero valor de uso. Cultura como aquello que, en cada objeto que producimos, trasciende lo meramente técnico. Cultura como usina de símbolos de un pueblo. Cultura como conjunto de signos de cada comunidad y de toda la nación. Cultura como el sentido de nuestros actos, la suma de nuestros gestos, el sentido de nuestras maneras. (...) el Estado no debe dejar de actuar. No debe optar por la omisión. No debe quitar de sus hombros la responsabilidad por la formulación y ejecución de políticas públicas, apostando todas sus fichas en mecanismos fiscales y así entregando la política cultural a los vientos, a los sabores y a los caprichos del dios-mercado". Habló de la acción cultural como "un ejercicio de antropología aplicada", de lo cultural como fundamento de una sociedad solidaria, del papel mundial de Brasil como modelo de tolerancia y de convivencia a través de sus procesos de mestizaje y sincretismo, de un país capaz de proponer voces distintivas en el contexto globalizante, de la necesidad de que la política cultural venga a permear otros ministerios (derivación inevitable de una visión sostenible de "cultura"). No se puede esperar una visión tan profunda y consistente de la cultura de un burócrata diplomado en "gestión cultural", de ésos que estudian para armar proyectos elegantes para la Fundación BankBoston.

La metáfora del do-in es impecable: esa técnica sinojaponesa de masajes deriva de los mismos principios de la acupuntura y consiste en estimular puntos del cuerpo para obtener efectos empíricamente estudiados. Montevideo viene siendo un ejemplo notable del éxito de un do-in cultural,* obteniendo enormes efectos con un presupuesto exiguo (que es del que dispone, en proporción, el Ministerio de Cultura en Brasil, cerca del 1% del presupuesto nacional).

El historial de Gil nos habilita a pensar en él como un buen masajista cultural. En 1972 los Filhos de Gandhi se encontraban en decadencia, desfilando con unas pocas decenas de integrantes. Filhos de Gandhi era el más célebre de los afoxés (tipo de agrupación religiosa y carnavalera de Bahía). Gil decidió apoyarlo, para lo cual se inscribió en el bloco, con el cual desfiló en 13 carnavales consecutivos. Y compuso una canción al respecto ("Filhos de Gandhi", 1973). Atraídos por la canción y por la presencia de Gil, varios jóvenes se acercaron y, a los pocos años, Filhos de Gandhi ya desfilaba con unos mil integrantes. A partir de ahí, se recuperaron otros afoxés y se crearon nuevos.

En varias ocasiones Gil compuso canciones-"jingles" defendiendo causas concretas e inmediatas, y con buena parte de ellas obtuvo una resonancia que demuestra su puntería. Ello ocurrió incluso a nivel internacional ("Touche pas à mon pote", de 1985, que Gil escribió en francés, sirvió como himno antirracista en Europa). Por no hablar de otras canciones suyas que son proclamas ideológicas en un sentido más amplio (aunque pocas veces tienen el perfil en el que pensamos cuando decimos "canción política"), pero que ejercieron una enorme influencia ("Oriente", "O sonho acabou", "Cálice", "Jeca Total", "Pé quente, cabeça fria", "Sarará miolo", "Realce", "Super-Homem, a canção", "Se eu quiser falar com Deus", "A mão da limpeza", "Haiti" y muchas más).

El apoyo de Gil al movimiento black brasileño (años 70) fue mal visto, y con buena razón, al ampararse en la simbología del negro estadounidense para su reivindicación "racial", que terminaba siendo, en un plano mayor, colonial, epigonal. Con el paso de las décadas hay que reconocer que esa corriente de afirmación de los negros contra el racismo, en la que Gil cumplió papel destacado, terminó motivando el interés por las tradiciones generadas por los descendientes de los esclavos en Brasil, desembocando en fenómenos característicamente brasileños y singularmente vigorosos, como los nuevos blocos afrobahianos (de los cuales el más famoso y emblemático es Olodum). En forma más general, es ampliamente reconocido que las propuestas musicales de Caetano y Gil son responsables del perfil y, por lo tanto, de la fuerza que adquirió el carnaval de Bahía, actualmente el más prestigioso de Brasil. Alrededor de esos fenómenos Bahía alcanzó durante los años 90 su emancipación cultural, en el sentido de que ya no hace falta que sus artistas migren a Rio o a San Pablo para obtener difusión nacional. El tropicalismo es el punto del que deriva la porción más saludable de la música brasileña, abarcando algunos de sus nombres relativamente nuevos y más interesantes (Lenine, Marisa Monte), y otros francamente comerciales pero de indudable perfil nacional (la axé-music).

Es imposible prever qué suerte va a tener Gilberto Gil (o cualquier otra persona) cuando entren en acción los factores caóticos que determinan el éxito o no de una gestión tan compleja como la de un ministerio. Quizá la carretera termine en "nada nada nada de lo que esperaba encontrar"**. Pero en lo que refiere al "perfil" y las "cualificaciones", la cultura brasileña no podría estar en mejores manos.

Notas

* Véase nota en BRECHA, 27-XII-02.
** "Se eu quiser falar com Deus".